“Ojos que no ven.”
Me acusan de matarlo, a mí, justo a mí. Si hay alguien a quien no le conviene verlo como se lo acaban de llevar, esa soy yo. Pero claro, como soy la de afuera, todos los ojos recaen sobre mí. Pero ellos no entienden que para mí se fue mucho más que un viejo. Ahora tengo que empezar de nuevo y en lo mío no es nada fácil…
Ni siquiera tuvieron la decencia de taparlo hasta que llegara la funeraria. No, lo dejaron ahí, duro y frio, con los ojos blancos como el maestro Po, dejando que su pestilente perfume inundara la habitación. Yo ya estoy acostumbrada a su olor, pero ellos no y empezaron a quejarse. Si hasta uno de los nietos proponía meterlo en unas bolsas de residuos industriales que él se lleva de la fábrica y ni siquiera esperar a la funeraria. Que miserables! Incapaces de taparlo e intentando camuflarlo con basura industrial. Es que es así. Ellos ven al resto como basura. Yo los conozco y ahora que ya no les sirvo también soy desechable, igual que el viejo ciego.
Hace años que el viejo había quedado completamente ciego y parcialmente sordo. Pero que pasaba? El viejo recibía una jubilación de privilegio que mantenía a todos esos miserables, que hasta recién lo acomodaban cual contorsionista para que entrase en la bolsa de residuos. Si no hubiese sido por esa pensión al pobre ciego lo hubiesen metido hace ya largo tiempo en una bolsa como esa, o fraccionado en bolsas de supermercado. A ellos no les importa, no tienen ni vergüenza ni dignidad. Claro que eso lo fui descubriendo con los años. Al principio, cuando los conocí, aparentaban otra cosa.
En esa época yo era camarera en recepciones y eventos; y una noche como cualquier otra me tope con ellos. El viejo ciego había enviudado hacia apenas unos días cuando lo conocí. Lo curioso era que al pobre no le habían dicho nada aun. Con la excusa de cuidarlo y no traerle sobresaltos emocionales le ocultaban la inminente verdad: su mujer había muerto súbitamente entre las góndolas de alimentos no perecederos y harinas. El viejo notaba la ausencia de su mujer, quien nunca había vuelto de hacer las compras, pero un sinfín de excusas venían tapando el súbito hecho. Creo que para ese entonces, a dos días de que el viejo había enviudado, la excusa era que La Irma, como él le decía a su mujer, se había ido a cuidar los canarios de la quinta que su hermana tenía en villa Celina. El viejo les creía, pobre si no veía nada y a gatas escuchaba algo, no le quedaba más que confiar. Pero La Irma tenía que volver tarde o temprano y todos sabían que a La Irma ya le había pasado la hora.
Ellos se hacían los preocupados por la salud del viejo. Sabían que si se llegaba a enterar que La Irma había quedado seca mientras elegía entre la lata de choclo cremoso y la de choclo en granos, el viejo se iba a cagar muriendo de tristeza. En ese momento yo no sabía nada de la jubilación de privilegio y de verdad creía que al viejo le tenían compasión.
En aquella recepción, en la que se festejaban los 15 de una de las nietas del viejo, una gordita teñida de rubio con un futuro felinesco (no por Federico fellini), fue que el viejo me confundió a mí con La Irma. Yo me acerque para ofrecerle un poco de salpicón de ave, cuando el viejo irrumpió con un “Irma, pensé que todavía estabas con los canarios…”. Para ese entonces yo ni siquiera sabía que era Irma, pero como había tanta ilusión en el magullado rostro del viejo, por alguna razón le respondí que había vuelto y me senté a su lado. El tema es que el asunto no acabo ahí. El viejo empezó a decir en voz alta: “Volvió La Irma…” “¿Cómo no me avisaron que La Irma había vuelto?” Y así varios dichos más, llamando la atención a toda la familia, que de pronto me veían a mí como la solución perfecta. Yo en cambio estaba muerta de vergüenza, sin saber que decir ni que hacer, hasta que me levante y me marche hacia la cocina.
Así fue como empecé, hace ya dos años, 3 meses y 22 días deje mi trabajo de camarera para suplantarla a La Irma. Me pagaban por semana lo que yo ganaba en un mes haciendo eventos y encima tenia casa y comida; más de lo que podía aspirar en ese momento. A cambio, yo debía hacerle compañía al viejo ciego, que por alguna extraña razón me confundía a mí con La Irma. Yo sabía que el viejo no me iba a tocar, cosa que me repugnaba de solo pensarla y de hecho ni siquiera tenía que compartir la cama, cada uno tenía una cama individual.
En ese tiempo lo pude conocer al viejo ciego… mucho más de lo que ellos lo conocieron en toda su vida. Los desgraciados no lo visitaban nunca… miento, una vez al mes los visitaban, durante míseros cinco minutos para que el viejo firmase el recibo de la jubilación con la que ellos vivían y con la que en parte me pagaban. Después no había ni noticias de ellos y si no era por mí, el viejo se moría solo y abandonado.
Mi trabajo no era fácil. Las personas con los años se vuelven criaturas repugnantes y pestilentes. La incontinencia era lo más suave por lo que tuve que pasar con ese viejo, a quien en sus miserias aprendí a querer. Y ahora me acusan de haberlo matado. Yo, la única persona que se ocupo de él en los últimos años. Es cierto que no lo hice puramente por solidaridad. Me pagaban por ello, pero lo que me daban no compensaba mi trabajo, así que si… había mucha solidaridad de mi parte con el viejo ciego.
Yo soy una mujer, y una mujer tiene sus necesidades, como cualquiera… Mi labor era un trabajo de 24 horas. Me la pasaba todo el tiempo ahí con el viejo ciego y se hacía difícil la tarea de conocer pareja o al menos amantes eventuales; y si bien había intentado llevarme algún que otro chongo para curtírmelo en la habitación de servicio, parece que los olores geriátricos no son particularmente eróticos y los encuentros terminaron siempre frustrados.
Fue así como empecé a ver al viejo con cierto cariño. Si bien no había posibilidades que la naturaleza levantase aquel flácido musculo genital del viejo, la ciencia ha sabido recompensar las falencias que los años suelen acarrear. Su horario más activo era la mañana, por lo que aquel día, en cuanto despertó le di una ducha completa y profunda con el fin de aminorar sus olores tanto como fuese humanamente posible. Acompañe esto con un baño de colonia Kevin, que por alguna razón logra calentarme y finalmente le serví un desayuno rico en proteínas, nueces y un coctel de viagra. Bañadito, perfumado y desayunado, lo lleve de nuevo a la cama y espere a que las pastillas milagrosas hicieran efecto. Luego de 25 minutos de espera, la sabana que cubría al viejo lo evidencio todo y dio la señal para que yo pudiera actuar. Mi plan era poner música, vendarme los ojos y hacer lo mismo que venía intentando frustradamente en la habitación de servicio. Así fue como lo hice y funciono bastante bien. La colonia Kevin siempre me calentó, y entre eso y las pastillas milagrosas yo me estaba pudiendo emocionar más de lo que había logrado en el último año. Fue en esa emoción que yo no note que de un momento al otro, el viejo ciego dejo de respirar. Como todo seguía duro yo no me percate del hecho y recién para cuando acabe fue que descubrí lo que había sucedido.
El viejo ciego murió en lo que el creyó que fue su último acto de amor con La Irma, siendo esto imposible de disimular, ya que la muerte es un estado frio y tieso, en el que el viejo hacia evidente su último acto en vida.
No pueden acusarme a mí por haberlo matado. Nada de lo que hice fue con esas intenciones. El viejo era mi trabajo y a nadie le gusta quedarse desempleado. Por eso digo que ahora me toca empezar de nuevo, volver a mis raíces y a esperar que en algún casamiento, bat mitzva, o fiesta de 15 me vuelva a encontrar con algún desgraciado veterano que necesite compañía marital temporal.