“Ojos que no ven.” Me acusan de matarlo, a mí, justo a mí. Si hay alguien a quien no le conviene verlo como se lo acaban de llevar, esa soy yo. Pero claro, como soy la de afuera, todos los ojos recaen sobre mí. Pero ellos no entienden que para mí se fue mucho más que un viejo. Ahora tengo que empezar de nuevo y en lo mío no es nada fácil… Ni siquiera tuvieron la decencia de taparlo hasta que llegara la funeraria. No, lo dejaron ahí, duro y frio, con los ojos blancos como el maestro Po, dejando que su pestilente perfume inundara la habitación. Yo ya estoy acostumbrada a su olor, pero ellos no y empezaron a quejarse. Si hasta uno de los nietos proponía meterlo en unas bolsas de residuos industriales que él se lleva de la fábrica y ni siquiera esperar a la funeraria. Que miserables! Incapaces de taparlo e intentando camuflarlo con basura industrial. Es que es así. Ellos ven al resto como basura. Yo los conozco y ahora que ya no les sirvo también soy desechable, igual que el viejo ciego. Hace años que el viejo había quedado completamente ciego y parcialmente sordo. Pero que pasaba? El viejo recibía una jubilación de privilegio que mantenía a todos esos miserables, que hasta recién lo acomodaban cual contorsionista para que entrase en la bolsa de residuos. Si no hubiese sido por esa pensión al pobre ciego lo hubiesen metido hace ya largo tiempo en una bolsa como esa, o fraccionado en bolsas de supermercado. A ellos no les importa, no tienen ni vergüenza ni dignidad. Claro que eso lo fui descubriendo con los años. Al principio, cuando los conocí, aparentaban otra cosa.  En esa época yo era camarera en recepciones y eventos; y una noche como cualquier otra me tope con ellos. El viejo ciego había enviudado hacia apenas unos días cuando lo conocí. Lo curioso era que al pobre no le habían dicho nada aun. Con la excusa de cuidarlo y no traerle sobresaltos emocionales le ocultaban la inminente verdad: su mujer había muerto súbitamente entre las góndolas de alimentos no perecederos y harinas. El viejo notaba la ausencia de su mujer, quien nunca había vuelto de hacer las compras, pero un sinfín de excusas venían tapando el súbito hecho. Creo que para ese entonces, a dos días de que el viejo había enviudado, la excusa era que La Irma, como él le decía a su mujer, se había ido a cuidar los canarios de la quinta que su hermana tenía en villa Celina. El viejo les creía, pobre si no veía nada y a gatas escuchaba algo, no le quedaba más que confiar. Pero La Irma tenía que volver tarde o temprano y todos sabían que a La Irma ya le había pasado la hora. Ellos se hacían los preocupados por la salud del viejo. Sabían que si se llegaba a enterar que La Irma había quedado seca mientras elegía entre la lata de choclo cremoso y la de choclo en granos, el viejo se iba a cagar muriendo de tristeza. En ese momento yo no sabía nada de la jubilación de privilegio y de verdad creía que al viejo le tenían compasión.  En aquella recepción, en la que se festejaban los 15 de una de las nietas del viejo, una gordita teñida de rubio con un futuro felinesco (no por Federico fellini), fue que el viejo me confundió a mí con La Irma. Yo me acerque para ofrecerle un poco de salpicón de ave, cuando el viejo irrumpió con un “Irma, pensé que todavía estabas con los canarios…”. Para ese entonces yo ni siquiera sabía que era Irma, pero como había tanta ilusión en el magullado rostro del viejo, por alguna razón le respondí que había vuelto y me senté a su lado. El tema es que el asunto no acabo ahí. El viejo empezó a decir en voz alta: “Volvió La Irma…” “¿Cómo no me avisaron que La Irma había vuelto?”  Y así varios dichos más, llamando la atención a toda la familia, que de pronto me veían a mí como la solución perfecta. Yo en cambio estaba muerta de vergüenza, sin saber que decir ni que hacer, hasta que me levante y me marche hacia la cocina. Así fue como empecé, hace ya dos años, 3 meses y 22 días deje mi trabajo de camarera para suplantarla a La Irma. Me pagaban por semana lo que yo ganaba en un mes haciendo eventos y encima tenia casa y comida; más de lo que podía aspirar en ese momento. A cambio, yo debía hacerle compañía al viejo ciego, que por alguna extraña razón me confundía a mí con La Irma. Yo sabía que el viejo no me iba a tocar, cosa que me repugnaba de solo pensarla y de hecho ni siquiera tenía que compartir la cama, cada uno tenía una cama individual. En ese tiempo lo pude conocer al viejo ciego… mucho más de lo que ellos lo conocieron en toda su vida. Los desgraciados no lo visitaban nunca… miento, una vez al mes los visitaban, durante míseros cinco minutos para que el viejo firmase el recibo de la jubilación con la que ellos vivían y con la que en parte me pagaban.  Después no había ni noticias de ellos y si no era por mí, el viejo se moría solo y abandonado. Mi trabajo no era fácil. Las personas con los años se vuelven criaturas repugnantes y pestilentes. La incontinencia era lo más suave por lo que tuve que pasar con ese viejo, a quien en sus miserias aprendí a querer. Y ahora me acusan de haberlo matado. Yo, la única persona que se ocupo de él en los últimos años. Es cierto que no lo hice puramente por solidaridad. Me pagaban por ello, pero lo que me daban no compensaba mi trabajo, así que si… había mucha solidaridad de mi parte con el viejo ciego. Yo soy una mujer, y una mujer tiene sus necesidades, como cualquiera… Mi labor era un trabajo de 24 horas. Me la pasaba todo el tiempo ahí con el viejo ciego y se hacía difícil la tarea de conocer pareja o al menos amantes eventuales; y si bien había intentado llevarme algún que otro chongo para curtírmelo en la habitación de servicio, parece que los olores geriátricos no son particularmente eróticos y los encuentros terminaron siempre frustrados.  Fue así como empecé a ver al viejo con cierto cariño. Si bien no había posibilidades que la naturaleza levantase aquel flácido musculo genital del viejo, la ciencia ha sabido recompensar las falencias que los años suelen acarrear. Su horario más activo era la mañana, por lo que aquel día, en cuanto despertó le di una ducha completa y profunda con el fin de aminorar sus olores tanto como fuese humanamente posible. Acompañe esto con un baño de colonia Kevin, que por alguna razón logra calentarme y finalmente le serví un desayuno rico en proteínas, nueces y un coctel de viagra. Bañadito, perfumado y desayunado, lo lleve de nuevo a la cama y espere a que las pastillas milagrosas hicieran efecto. Luego de 25 minutos de espera, la sabana que cubría al viejo lo evidencio todo y dio la señal para que yo pudiera actuar. Mi plan era poner música, vendarme los ojos y hacer lo mismo que venía intentando frustradamente en la habitación de servicio. Así fue como lo hice y funciono bastante bien. La colonia Kevin siempre me calentó, y entre eso y las pastillas milagrosas yo me estaba pudiendo emocionar más de lo que había logrado en el último año. Fue en esa emoción que yo no note que de un momento al otro, el viejo ciego dejo de respirar. Como todo seguía duro yo no me percate del hecho y recién para cuando acabe fue que descubrí lo que había sucedido. El viejo ciego murió en lo que el creyó que fue su último acto de amor con La Irma, siendo esto imposible de disimular, ya que la muerte es un estado frio y tieso, en el que el viejo hacia evidente su último acto en vida. No pueden acusarme a mí por haberlo matado. Nada de lo que hice fue con esas intenciones. El viejo era mi trabajo y a nadie le gusta quedarse desempleado. Por eso digo que ahora me toca empezar de nuevo, volver a mis raíces y a esperar que en algún casamiento, bat mitzva, o fiesta de 15 me vuelva a encontrar con algún desgraciado veterano que necesite compañía marital temporal.

“Ojos que no ven.”

Me acusan de matarlo, a mí, justo a mí. Si hay alguien a quien no le conviene verlo como se lo acaban de llevar, esa soy yo. Pero claro, como soy la de afuera, todos los ojos recaen sobre mí. Pero ellos no entienden que para mí se fue mucho más que un viejo. Ahora tengo que empezar de nuevo y en lo mío no es nada fácil…

Ni siquiera tuvieron la decencia de taparlo hasta que llegara la funeraria. No, lo dejaron ahí, duro y frio, con los ojos blancos como el maestro Po, dejando que su pestilente perfume inundara la habitación. Yo ya estoy acostumbrada a su olor, pero ellos no y empezaron a quejarse. Si hasta uno de los nietos proponía meterlo en unas bolsas de residuos industriales que él se lleva de la fábrica y ni siquiera esperar a la funeraria. Que miserables! Incapaces de taparlo e intentando camuflarlo con basura industrial. Es que es así. Ellos ven al resto como basura. Yo los conozco y ahora que ya no les sirvo también soy desechable, igual que el viejo ciego.

Hace años que el viejo había quedado completamente ciego y parcialmente sordo. Pero que pasaba? El viejo recibía una jubilación de privilegio que mantenía a todos esos miserables, que hasta recién lo acomodaban cual contorsionista para que entrase en la bolsa de residuos. Si no hubiese sido por esa pensión al pobre ciego lo hubiesen metido hace ya largo tiempo en una bolsa como esa, o fraccionado en bolsas de supermercado. A ellos no les importa, no tienen ni vergüenza ni dignidad. Claro que eso lo fui descubriendo con los años. Al principio, cuando los conocí, aparentaban otra cosa. 

En esa época yo era camarera en recepciones y eventos; y una noche como cualquier otra me tope con ellos. El viejo ciego había enviudado hacia apenas unos días cuando lo conocí. Lo curioso era que al pobre no le habían dicho nada aun. Con la excusa de cuidarlo y no traerle sobresaltos emocionales le ocultaban la inminente verdad: su mujer había muerto súbitamente entre las góndolas de alimentos no perecederos y harinas. El viejo notaba la ausencia de su mujer, quien nunca había vuelto de hacer las compras, pero un sinfín de excusas venían tapando el súbito hecho. Creo que para ese entonces, a dos días de que el viejo había enviudado, la excusa era que La Irma, como él le decía a su mujer, se había ido a cuidar los canarios de la quinta que su hermana tenía en villa Celina. El viejo les creía, pobre si no veía nada y a gatas escuchaba algo, no le quedaba más que confiar. Pero La Irma tenía que volver tarde o temprano y todos sabían que a La Irma ya le había pasado la hora.

Ellos se hacían los preocupados por la salud del viejo. Sabían que si se llegaba a enterar que La Irma había quedado seca mientras elegía entre la lata de choclo cremoso y la de choclo en granos, el viejo se iba a cagar muriendo de tristeza. En ese momento yo no sabía nada de la jubilación de privilegio y de verdad creía que al viejo le tenían compasión.

 En aquella recepción, en la que se festejaban los 15 de una de las nietas del viejo, una gordita teñida de rubio con un futuro felinesco (no por Federico fellini), fue que el viejo me confundió a mí con La Irma. Yo me acerque para ofrecerle un poco de salpicón de ave, cuando el viejo irrumpió con un “Irma, pensé que todavía estabas con los canarios…”. Para ese entonces yo ni siquiera sabía que era Irma, pero como había tanta ilusión en el magullado rostro del viejo, por alguna razón le respondí que había vuelto y me senté a su lado. El tema es que el asunto no acabo ahí. El viejo empezó a decir en voz alta: “Volvió La Irma…” “¿Cómo no me avisaron que La Irma había vuelto?”  Y así varios dichos más, llamando la atención a toda la familia, que de pronto me veían a mí como la solución perfecta. Yo en cambio estaba muerta de vergüenza, sin saber que decir ni que hacer, hasta que me levante y me marche hacia la cocina.

Así fue como empecé, hace ya dos años, 3 meses y 22 días deje mi trabajo de camarera para suplantarla a La Irma. Me pagaban por semana lo que yo ganaba en un mes haciendo eventos y encima tenia casa y comida; más de lo que podía aspirar en ese momento. A cambio, yo debía hacerle compañía al viejo ciego, que por alguna extraña razón me confundía a mí con La Irma. Yo sabía que el viejo no me iba a tocar, cosa que me repugnaba de solo pensarla y de hecho ni siquiera tenía que compartir la cama, cada uno tenía una cama individual.

En ese tiempo lo pude conocer al viejo ciego… mucho más de lo que ellos lo conocieron en toda su vida. Los desgraciados no lo visitaban nunca… miento, una vez al mes los visitaban, durante míseros cinco minutos para que el viejo firmase el recibo de la jubilación con la que ellos vivían y con la que en parte me pagaban.  Después no había ni noticias de ellos y si no era por mí, el viejo se moría solo y abandonado.

Mi trabajo no era fácil. Las personas con los años se vuelven criaturas repugnantes y pestilentes. La incontinencia era lo más suave por lo que tuve que pasar con ese viejo, a quien en sus miserias aprendí a querer. Y ahora me acusan de haberlo matado. Yo, la única persona que se ocupo de él en los últimos años. Es cierto que no lo hice puramente por solidaridad. Me pagaban por ello, pero lo que me daban no compensaba mi trabajo, así que si… había mucha solidaridad de mi parte con el viejo ciego.

Yo soy una mujer, y una mujer tiene sus necesidades, como cualquiera… Mi labor era un trabajo de 24 horas. Me la pasaba todo el tiempo ahí con el viejo ciego y se hacía difícil la tarea de conocer pareja o al menos amantes eventuales; y si bien había intentado llevarme algún que otro chongo para curtírmelo en la habitación de servicio, parece que los olores geriátricos no son particularmente eróticos y los encuentros terminaron siempre frustrados. 

Fue así como empecé a ver al viejo con cierto cariño. Si bien no había posibilidades que la naturaleza levantase aquel flácido musculo genital del viejo, la ciencia ha sabido recompensar las falencias que los años suelen acarrear. Su horario más activo era la mañana, por lo que aquel día, en cuanto despertó le di una ducha completa y profunda con el fin de aminorar sus olores tanto como fuese humanamente posible. Acompañe esto con un baño de colonia Kevin, que por alguna razón logra calentarme y finalmente le serví un desayuno rico en proteínas, nueces y un coctel de viagra. Bañadito, perfumado y desayunado, lo lleve de nuevo a la cama y espere a que las pastillas milagrosas hicieran efecto. Luego de 25 minutos de espera, la sabana que cubría al viejo lo evidencio todo y dio la señal para que yo pudiera actuar. Mi plan era poner música, vendarme los ojos y hacer lo mismo que venía intentando frustradamente en la habitación de servicio. Así fue como lo hice y funciono bastante bien. La colonia Kevin siempre me calentó, y entre eso y las pastillas milagrosas yo me estaba pudiendo emocionar más de lo que había logrado en el último año. Fue en esa emoción que yo no note que de un momento al otro, el viejo ciego dejo de respirar. Como todo seguía duro yo no me percate del hecho y recién para cuando acabe fue que descubrí lo que había sucedido.

El viejo ciego murió en lo que el creyó que fue su último acto de amor con La Irma, siendo esto imposible de disimular, ya que la muerte es un estado frio y tieso, en el que el viejo hacia evidente su último acto en vida.

No pueden acusarme a mí por haberlo matado. Nada de lo que hice fue con esas intenciones. El viejo era mi trabajo y a nadie le gusta quedarse desempleado. Por eso digo que ahora me toca empezar de nuevo, volver a mis raíces y a esperar que en algún casamiento, bat mitzva, o fiesta de 15 me vuelva a encontrar con algún desgraciado veterano que necesite compañía marital temporal.

“Sos tan linda que me inhibís.” - Sos tan linda que me inhibís. – pensaba él, mientras la tenía a ella sentada del otro lado de la diminuta mesa de cafetín porteño, quien con sus ojos color esmeralda lo tenía cautivo de su mirada dulce y seductora. Pero lo que pensaba él poco importaba, ya que inhibido y nervioso, hacia uso de su palabra a fin de poder conocerla mas allá de su evidente belleza. Claro que él no sabía que se encontraría con una belleza interior que incluso opacaría la exterior; y aunque deslumbrante a ojos objetivos, para él resultaría luego una condena para nada deseable. Si, ella era muy atractiva; y no había ningún descubrimiento en dicha afirmación. Pero es muy distinto cuando la expresión se exterioriza teniendo a la mujer en cuestión a escasos cincuenta y ocho centímetros de distancia. Y si bien él no lo expreso verbalmente, se lograba colar por cada uno de los poros de su piel, como si de algún modo su cuerpo gritase aquello que él pensaba y afirmaba en silencio. Es terrible cuando una conversación es una mera excusa para generar un acercamiento hacia alguien. Quien haya vivido esa experiencia sabrá que de ello solo resulta un acartonado evento que es dominado por la incomodidad mutua de los protagonistas; pero aun más terrible es cuando la conversación no es una excusa y se transforma en un placer. Quizás suena alocado u contradictorio, pero es real, ya que ante ello, uno sucumbe en la inevitable finitud a la que, palabra a palabra, se acerca; y eso, aunque contradictorio, es aun más terrible que una conversación acartonada, que, por el contrario, sabremos que está felizmente condenada a concluir. Él se encontraba en el caso segundo, donde cada palabra que se expresaba era una caricia al oído y el posible final lo desesperaba. De todas formas, esa desesperación solo estacionaba por breves momentos en su mente. El resto era goce del momento agradable en el que él y ella compartían lugar y tiempo en el espacio. Y en ese goce nacían las tan temidas ilusiones, que de manera geométrica se multiplican en función del tiempo que indefectiblemente avanza, o al menos eso es lo que él creía. De pronto irrumpiría el afuera, que parcialmente desconocido, se haría valer, haciendo de él un manojo de ilusiones rotas. El teléfono de ella sonaría, atendería y tras un furtivo silencio se coronaria con las siguientes dos palabras. -Hola amor…- hablo ella, y luego él ya nada escucho. Con esas dos palabras alcanzaban para que ese tiempo que indefectiblemente avanzaba, se detuviese. Aquellas ocho letras destronaban de un plumazo a todas esas placenteras palabras que ahora resonaban en su cabeza  y aturdían sus pensamientos. Ella siguió hablando con absoluta naturalidad por su teléfono, mientras en él empezaban a tropezarse distintos mecanismos de defensa ante las dos hostiles palabras que, desde el afuera, rompían la comunión que en su cabeza estaba adornada de ilusiones. Ante la fragilidad de las mismas, había que defenderlas, al punto en el que él llego a pensar que ella le estaba hablando al perro, a quien le decía amor, con el solo fin de mentirse a sí mismo y creer que lo que resultaba obvio y evidente, no era cierto. Claro que este mecanismo era aun más frágil que las propias ilusiones, y se derrumbó tan pronto como asomó. La realidad indicaba que ante esa evidencia no había mecanismo de defensa capaz de proteger a las ilusiones y por ende estas se romperían, como efectivamente sucedió. Del mismo modo que él no expreso sus laureadas afirmaciones iníciales, tampoco lo hizo con este inesperado golpe, pero el cuerpo volvió a gritar en silencio y de seguro por los poros de su piel se filtro ese grito taciturno. Tras la interrupción la conversación prosiguió en su curso natural y seguía siendo deliciosa a su entender, pero con la salvedad que en su infortunio no sería posible llegar a nada mas, encontrándose así con una vidriera que le permitía admirar aquella mujer que con sus ojos esmeralda lo tenía cautivo de su mirada dulce y seductora, pero que le prohibía acercarse lo suficiente como para poder apropiarse y entregarse a ella.

“Sos tan linda que me inhibís.”

- Sos tan linda que me inhibís. – pensaba él, mientras la tenía a ella sentada del otro lado de la diminuta mesa de cafetín porteño, quien con sus ojos color esmeralda lo tenía cautivo de su mirada dulce y seductora.

Pero lo que pensaba él poco importaba, ya que inhibido y nervioso, hacia uso de su palabra a fin de poder conocerla mas allá de su evidente belleza. Claro que él no sabía que se encontraría con una belleza interior que incluso opacaría la exterior; y aunque deslumbrante a ojos objetivos, para él resultaría luego una condena para nada deseable.

Si, ella era muy atractiva; y no había ningún descubrimiento en dicha afirmación. Pero es muy distinto cuando la expresión se exterioriza teniendo a la mujer en cuestión a escasos cincuenta y ocho centímetros de distancia. Y si bien él no lo expreso verbalmente, se lograba colar por cada uno de los poros de su piel, como si de algún modo su cuerpo gritase aquello que él pensaba y afirmaba en silencio.

Es terrible cuando una conversación es una mera excusa para generar un acercamiento hacia alguien. Quien haya vivido esa experiencia sabrá que de ello solo resulta un acartonado evento que es dominado por la incomodidad mutua de los protagonistas; pero aun más terrible es cuando la conversación no es una excusa y se transforma en un placer. Quizás suena alocado u contradictorio, pero es real, ya que ante ello, uno sucumbe en la inevitable finitud a la que, palabra a palabra, se acerca; y eso, aunque contradictorio, es aun más terrible que una conversación acartonada, que, por el contrario, sabremos que está felizmente condenada a concluir.

Él se encontraba en el caso segundo, donde cada palabra que se expresaba era una caricia al oído y el posible final lo desesperaba. De todas formas, esa desesperación solo estacionaba por breves momentos en su mente. El resto era goce del momento agradable en el que él y ella compartían lugar y tiempo en el espacio. Y en ese goce nacían las tan temidas ilusiones, que de manera geométrica se multiplican en función del tiempo que indefectiblemente avanza, o al menos eso es lo que él creía.

De pronto irrumpiría el afuera, que parcialmente desconocido, se haría valer, haciendo de él un manojo de ilusiones rotas. El teléfono de ella sonaría, atendería y tras un furtivo silencio se coronaria con las siguientes dos palabras.

-Hola amor…- hablo ella, y luego él ya nada escucho. Con esas dos palabras alcanzaban para que ese tiempo que indefectiblemente avanzaba, se detuviese. Aquellas ocho letras destronaban de un plumazo a todas esas placenteras palabras que ahora resonaban en su cabeza  y aturdían sus pensamientos.

Ella siguió hablando con absoluta naturalidad por su teléfono, mientras en él empezaban a tropezarse distintos mecanismos de defensa ante las dos hostiles palabras que, desde el afuera, rompían la comunión que en su cabeza estaba adornada de ilusiones. Ante la fragilidad de las mismas, había que defenderlas, al punto en el que él llego a pensar que ella le estaba hablando al perro, a quien le decía amor, con el solo fin de mentirse a sí mismo y creer que lo que resultaba obvio y evidente, no era cierto. Claro que este mecanismo era aun más frágil que las propias ilusiones, y se derrumbó tan pronto como asomó.

La realidad indicaba que ante esa evidencia no había mecanismo de defensa capaz de proteger a las ilusiones y por ende estas se romperían, como efectivamente sucedió. Del mismo modo que él no expreso sus laureadas afirmaciones iníciales, tampoco lo hizo con este inesperado golpe, pero el cuerpo volvió a gritar en silencio y de seguro por los poros de su piel se filtro ese grito taciturno.

Tras la interrupción la conversación prosiguió en su curso natural y seguía siendo deliciosa a su entender, pero con la salvedad que en su infortunio no sería posible llegar a nada mas, encontrándose así con una vidriera que le permitía admirar aquella mujer que con sus ojos esmeralda lo tenía cautivo de su mirada dulce y seductora, pero que le prohibía acercarse lo suficiente como para poder apropiarse y entregarse a ella.

“Una sonrisa que no disimula ilusión.” -Se separo del  novio. – le dice su amigo a él, siendo así el primer espectador de una sonrisa que no disimula ilusión. A ella la conoció de casualidad, en un trabajo circunstancial y eventual. De forma inesperada, un haz de luz asomo por las escaleras y allí apareció ella, vestida de un rojo brillante capaz de avivar aquella fría noche otoñal. Resultaba imposible no mirarla, y más allá de los disimulos, los ojos son evidentes e indiscretos. Acercarse a una persona absolutamente extraña resulta una tarea mucho más compleja de lo que parece; y su complejidad reside en lo binario del resultado al intentarlo. Si uno es afortunado, encuentra el modo de acercársele a la persona en cuestión y resultar interesante en una primera impresión. También puede suceder que uno pase desapercibido. Ese resultado es afortunado en cierto punto, ya que te permite nuevos intentos. El riesgo es quedar como un completo estúpido, cosa que en muchos casos sucede de forma muy injusta, apareciendo aquí la infortuna. Se debe entender que cuando uno quiere acercarse a una persona completamente desconocida, no lo hace caprichosamente o de modo ingenuo. Detrás de todo acercamiento se esconde un interés. Este puede ser de distintas índoles y niveles, pero siempre lo hay. El que se acerca lo sabe, y quien lo recibe también lo sabe, o debería saberlo. Ante esto, se deduce que detrás del acercamiento, al menos para uno de los dos involucrados, hay algo valioso en juego. Y cuando eso valioso involucra a los sentimientos, todo se vuelve confuso.   El sabía que su posibilidad de conocerla era ahí, en esa fría noche otoñal. Nada sabía de ella, ni siquiera su nombre. En su cabeza existe la teoría que es mejor disfrazar al acercamiento con un cruce circunstancial, en el que el encuentro parece resultado de una eventualidad y no de una intención. Es una teoría que viste de cobarde, al igual que él. Los intentos no fueron muy exitosos, pero no resultaron ser un fracaso. Si habría que ponerle una categoría, entrarían en el rubro de los desapercibidos, donde ella apenas nota su presencia, por lo que a pesar de ello, se lo puede calificar como un hombre afortunado. Consiguió no quedar como un estúpido, y al menos no cargaba con el peso de demostrar lo contrario. Su tarea ahora era hacerse notar. Una segunda coincidencia los volvió a unir. Un curso que ella hacía y que él había decidido retomar. Claro, antes, cuando él lo hacía, ella no estaba. Allí se volvieron a encontrar, y como era de esperar, él la reconoció a ella inmediatamente, pero ella no a él. De todas formas eso no importaba, ahora había una excusa para verla, para hablarle y para acercarse sin que lo obvio se hiciera evidente. Evidente para él, ya que luego entendería que para ella lo fue desde un primer momento. Poco a poco, él fue encontrando momentos en lo que intento hacerse conocer. Es que en realidad el no quiere más que eso. Dejarse conocer y luego perder o ganar, pero en buena ley. Y claro, que ella le permita conocerla. Ella es distinta y él ya lo sabe, aunque igual quiera comprobarlo para llegar al mismo resultado. Los momentos se fueron dando paulatinamente, hasta que el afuera apareció sin que nadie lo llamase y opacase la perspectiva de él. Ella tenía novio. Y si, claro, una mujer así no puede no tener novio. El interés de él se mantuvo intacto, pero las intenciones cambiaron radicalmente. No tenía sentido involucrarse en una historia ajena, una historia de la que él no sería participe y seguir acercándose o al menos intentándolo seria una pérdida absoluta de tiempo y energía. Según él, no hay mayor error que tratar de ser amigo de alguien con quien desearías despertarte por las mañanas. Él no iba a cometer ese error, y desde ese momento empezó el camino de retirada. Ya casi se estaba yendo, cuando su amigo le revela esta noticia. Ya no había novio en la vida de ella y ahora él quería volver a intentarlo, jugar sus cartas y probar suerte. Ahora le toca el camino de la duda. Del no saber si conseguirá su objetivo o no. Hay un problema. Debe haber otros que están en su misma situación y esperan de ella lo mismo que él. ¿Por qué habría ella de inclinarse por él y no por otro? Eso lo sabe solo ella y el miedo reside en la incertidumbre. Hay que actuar, con cautela y certeza. La posibilidad existe. No sabemos qué tan grande es, pero está ahí. Y ahora será cuestión de intentarlo. El rechazo es el peor de los finales. Pero al menos es un final. No se le puede tener miedo al final, el final distiende. Y si el final no implica el comienzo de la historia de él y ella, pues será entonces el comienzo de una nueva historia, en la que él será el mismo y habrá otra ella.”

“Una sonrisa que no disimula ilusión.”

-Se separo del  novio. – le dice su amigo a él, siendo así el primer espectador de una sonrisa que no disimula ilusión.

A ella la conoció de casualidad, en un trabajo circunstancial y eventual. De forma inesperada, un haz de luz asomo por las escaleras y allí apareció ella, vestida de un rojo brillante capaz de avivar aquella fría noche otoñal. Resultaba imposible no mirarla, y más allá de los disimulos, los ojos son evidentes e indiscretos.

Acercarse a una persona absolutamente extraña resulta una tarea mucho más compleja de lo que parece; y su complejidad reside en lo binario del resultado al intentarlo. Si uno es afortunado, encuentra el modo de acercársele a la persona en cuestión y resultar interesante en una primera impresión. También puede suceder que uno pase desapercibido. Ese resultado es afortunado en cierto punto, ya que te permite nuevos intentos. El riesgo es quedar como un completo estúpido, cosa que en muchos casos sucede de forma muy injusta, apareciendo aquí la infortuna. Se debe entender que cuando uno quiere acercarse a una persona completamente desconocida, no lo hace caprichosamente o de modo ingenuo. Detrás de todo acercamiento se esconde un interés. Este puede ser de distintas índoles y niveles, pero siempre lo hay. El que se acerca lo sabe, y quien lo recibe también lo sabe, o debería saberlo. Ante esto, se deduce que detrás del acercamiento, al menos para uno de los dos involucrados, hay algo valioso en juego. Y cuando eso valioso involucra a los sentimientos, todo se vuelve confuso.  

El sabía que su posibilidad de conocerla era ahí, en esa fría noche otoñal. Nada sabía de ella, ni siquiera su nombre. En su cabeza existe la teoría que es mejor disfrazar al acercamiento con un cruce circunstancial, en el que el encuentro parece resultado de una eventualidad y no de una intención. Es una teoría que viste de cobarde, al igual que él. Los intentos no fueron muy exitosos, pero no resultaron ser un fracaso. Si habría que ponerle una categoría, entrarían en el rubro de los desapercibidos, donde ella apenas nota su presencia, por lo que a pesar de ello, se lo puede calificar como un hombre afortunado. Consiguió no quedar como un estúpido, y al menos no cargaba con el peso de demostrar lo contrario. Su tarea ahora era hacerse notar.

Una segunda coincidencia los volvió a unir. Un curso que ella hacía y que él había decidido retomar. Claro, antes, cuando él lo hacía, ella no estaba. Allí se volvieron a encontrar, y como era de esperar, él la reconoció a ella inmediatamente, pero ella no a él. De todas formas eso no importaba, ahora había una excusa para verla, para hablarle y para acercarse sin que lo obvio se hiciera evidente. Evidente para él, ya que luego entendería que para ella lo fue desde un primer momento.

Poco a poco, él fue encontrando momentos en lo que intento hacerse conocer. Es que en realidad el no quiere más que eso. Dejarse conocer y luego perder o ganar, pero en buena ley. Y claro, que ella le permita conocerla. Ella es distinta y él ya lo sabe, aunque igual quiera comprobarlo para llegar al mismo resultado.

Los momentos se fueron dando paulatinamente, hasta que el afuera apareció sin que nadie lo llamase y opacase la perspectiva de él. Ella tenía novio. Y si, claro, una mujer así no puede no tener novio. El interés de él se mantuvo intacto, pero las intenciones cambiaron radicalmente. No tenía sentido involucrarse en una historia ajena, una historia de la que él no sería participe y seguir acercándose o al menos intentándolo seria una pérdida absoluta de tiempo y energía. Según él, no hay mayor error que tratar de ser amigo de alguien con quien desearías despertarte por las mañanas. Él no iba a cometer ese error, y desde ese momento empezó el camino de retirada. Ya casi se estaba yendo, cuando su amigo le revela esta noticia. Ya no había novio en la vida de ella y ahora él quería volver a intentarlo, jugar sus cartas y probar suerte.

Ahora le toca el camino de la duda. Del no saber si conseguirá su objetivo o no. Hay un problema. Debe haber otros que están en su misma situación y esperan de ella lo mismo que él. ¿Por qué habría ella de inclinarse por él y no por otro? Eso lo sabe solo ella y el miedo reside en la incertidumbre.

Hay que actuar, con cautela y certeza. La posibilidad existe. No sabemos qué tan grande es, pero está ahí. Y ahora será cuestión de intentarlo. El rechazo es el peor de los finales. Pero al menos es un final. No se le puede tener miedo al final, el final distiende. Y si el final no implica el comienzo de la historia de él y ella, pues será entonces el comienzo de una nueva historia, en la que él será el mismo y habrá otra ella.”

“El juego de los pasos.” El juego era un baile. El baile era un tango. El bailarín era él y la bailarina ella. Mientras el enlazaba su espalda con su antebrazo derecho, apoyando ella su pecho contra el de él, juntos acompañaban cada nota que, sin necesidad de decirse nada, los dirigía hacia el mismo lugar. Se los veía como un uno indivisible que se deslizaba con total soltura y seducción. La conexión se hacía evidente a los ojos de cualquiera, en especial a los de él y ella. De pronto el juego cambio. Dejo de ser un baile, dejo de haber música y ella y el seguían estando ahí presentes. Su antebrazo ya no la abrazaba, sus pechos ya no se rozaban y la distancia alzaba la voz. Cual incipiente grieta que anticipa una fisura, esta primer distancia era el principio de un juego que él no quería jugar, pero que ella no le daba opción. En la simpleza es donde se hallaba la complejidad del asunto. Había que vencer a la distancia, y la lógica indicaba que para ello debía bastar con acercarse de nuevo. Eso mismo fue lo que hizo él, pero descubrió que a cada paso que hacía, ella retrocedía dos. Ante los primeros retrocesos de ella, el insistió con los avances, pensando que esta actitud cesaría. Luego se daría cuenta que confió de más en esa hipótesis. El dio dos pasos y ella retrocedió cuatro. Como respuesta el decidió avanzar cuatro pasos más, pero ella se alejo ocho. En un tercer intento él se acerco unos cinco pasos y como era de esperar, ella retrocedió diez. Para ese entonces ella se encontraba once pasos más lejos de lo que estaba cuando aquella incipiente grieta asomo entre ellos dos. Al verla ya bastante lejos de él y con temor de seguir perdiéndola, el quedo paralizado viéndola de lejos mientras ella nada hacía por acercarse y remendar esta distancia que a él le era ajena, aunque lo afectaba sensiblemente. Se dice que la culpa es la sensación más corrosiva, pero esto es impreciso, ya que por sobre ella está la impotencia, que con su quietud nos hace ver como nuestro todo se destruye, pero nos impide hacer algo para subsanarlo. Es preferible ser culpable que víctima, ya que el primero al menos eligió serlo. La impotencia acciona igual, no te da opción y en su quietud elije por uno; precisamente eso es lo que sentía él mientras la miraba desde lejos a ella, quien despreocupada parecía haber olvidado aquella conexión que existió cuando ellos eran uno. ¿Cuánto tiempo más podía soportar él en esa posición? Es triste no tener lo que uno desea, pero aun más triste y doloroso es cuando no se lo tiene, pero se lo puede ver allí, tan inaccesible como al alcance de la mano. Esta contradicción genera un desgaste interno que erosiona y ante ello lo más sano suele ser voltearse y mirar hacia otro rumbo. Se precisa de mucho coraje para tomar esa decisión, más del que él podía tener. En su cobardía se exponía a una erosión que ya no solo lo paralizaba sino que a su vez lo debilitaba. Sabiendo que intentar acercarse a ella solo la alejaba más y careciendo del coraje para voltearse y mirar hacia otro lado, solo le quedaba una alternativa de la que desconocía su consecuencia. Miro su pies, luego a ella y mientras la miraba, él dio un paso hacia atrás.

“El juego de los pasos.”

El juego era un baile. El baile era un tango. El bailarín era él y la bailarina ella. Mientras el enlazaba su espalda con su antebrazo derecho, apoyando ella su pecho contra el de él, juntos acompañaban cada nota que, sin necesidad de decirse nada, los dirigía hacia el mismo lugar. Se los veía como un uno indivisible que se deslizaba con total soltura y seducción. La conexión se hacía evidente a los ojos de cualquiera, en especial a los de él y ella.

De pronto el juego cambio. Dejo de ser un baile, dejo de haber música y ella y el seguían estando ahí presentes. Su antebrazo ya no la abrazaba, sus pechos ya no se rozaban y la distancia alzaba la voz. Cual incipiente grieta que anticipa una fisura, esta primer distancia era el principio de un juego que él no quería jugar, pero que ella no le daba opción. En la simpleza es donde se hallaba la complejidad del asunto. Había que vencer a la distancia, y la lógica indicaba que para ello debía bastar con acercarse de nuevo. Eso mismo fue lo que hizo él, pero descubrió que a cada paso que hacía, ella retrocedía dos. Ante los primeros retrocesos de ella, el insistió con los avances, pensando que esta actitud cesaría. Luego se daría cuenta que confió de más en esa hipótesis. El dio dos pasos y ella retrocedió cuatro. Como respuesta el decidió avanzar cuatro pasos más, pero ella se alejo ocho. En un tercer intento él se acerco unos cinco pasos y como era de esperar, ella retrocedió diez. Para ese entonces ella se encontraba once pasos más lejos de lo que estaba cuando aquella incipiente grieta asomo entre ellos dos. Al verla ya bastante lejos de él y con temor de seguir perdiéndola, el quedo paralizado viéndola de lejos mientras ella nada hacía por acercarse y remendar esta distancia que a él le era ajena, aunque lo afectaba sensiblemente.

Se dice que la culpa es la sensación más corrosiva, pero esto es impreciso, ya que por sobre ella está la impotencia, que con su quietud nos hace ver como nuestro todo se destruye, pero nos impide hacer algo para subsanarlo. Es preferible ser culpable que víctima, ya que el primero al menos eligió serlo. La impotencia acciona igual, no te da opción y en su quietud elije por uno; precisamente eso es lo que sentía él mientras la miraba desde lejos a ella, quien despreocupada parecía haber olvidado aquella conexión que existió cuando ellos eran uno.

¿Cuánto tiempo más podía soportar él en esa posición? Es triste no tener lo que uno desea, pero aun más triste y doloroso es cuando no se lo tiene, pero se lo puede ver allí, tan inaccesible como al alcance de la mano. Esta contradicción genera un desgaste interno que erosiona y ante ello lo más sano suele ser voltearse y mirar hacia otro rumbo. Se precisa de mucho coraje para tomar esa decisión, más del que él podía tener. En su cobardía se exponía a una erosión que ya no solo lo paralizaba sino que a su vez lo debilitaba. Sabiendo que intentar acercarse a ella solo la alejaba más y careciendo del coraje para voltearse y mirar hacia otro lado, solo le quedaba una alternativa de la que desconocía su consecuencia. Miro su pies, luego a ella y mientras la miraba, él dio un paso hacia atrás.

“Existe otro mar.” Existe otro mar del que conocemos; un mar árido y seco que converge a la vera de la ruta y se extiende hasta donde el horizonte se une con el cielo. Es un mar de tierra seca donde su oleaje es producto del viento que roza las espinosas ramas de mata torcida que se extienden en toda su superficie.  Es un mar sin sombra de día y sin luz de noche. Con una oscuridad profunda, solo divisible con el cielo gracias a las estrellas que hacen de referencia única ante la inmensidad polvosa. Al igual que en el mar que todos conocemos, nada se interpone entre nosotros y el horizonte.  Es una parte más del terreno salvaje e indomable por el hombre, quien solo lo transita eventualmente, pero no se atreve a establecerse. Aquel sábado de febrero él se paró a la vera de la ruta y dejo que su mirada se perdiese hasta donde suponía que este mar de tierra terminaba. De pronto se encontró con el recuerdo de aquella tarde de marzo en la que por primera vez mojaba sus pequeños pies a la orilla del océano atlántico. Esta vez sus pies se mantuvieron secos, pero envueltos de un polvillo que recorre la superficie al ras de la tierra, haciendo que cada día ese mar árido y seco sea igual al de siempre, pero distinto al de ayer y mañana.

“Existe otro mar.”

Existe otro mar del que conocemos; un mar árido y seco que converge a la vera de la ruta y se extiende hasta donde el horizonte se une con el cielo. Es un mar de tierra seca donde su oleaje es producto del viento que roza las espinosas ramas de mata torcida que se extienden en toda su superficie.  Es un mar sin sombra de día y sin luz de noche. Con una oscuridad profunda, solo divisible con el cielo gracias a las estrellas que hacen de referencia única ante la inmensidad polvosa.

Al igual que en el mar que todos conocemos, nada se interpone entre nosotros y el horizonte.  Es una parte más del terreno salvaje e indomable por el hombre, quien solo lo transita eventualmente, pero no se atreve a establecerse.

Aquel sábado de febrero él se paró a la vera de la ruta y dejo que su mirada se perdiese hasta donde suponía que este mar de tierra terminaba. De pronto se encontró con el recuerdo de aquella tarde de marzo en la que por primera vez mojaba sus pequeños pies a la orilla del océano atlántico. Esta vez sus pies se mantuvieron secos, pero envueltos de un polvillo que recorre la superficie al ras de la tierra, haciendo que cada día ese mar árido y seco sea igual al de siempre, pero distinto al de ayer y mañana.

“La mente todo lo quiere dominar.” La mente todo lo quiere dominar. Es una monarquía absolutista con una insaciable ambición de poder. No se conforma con ser el capitán del cuerpo en el que reposa ni con ser la biblioteca de los recuerdos de toda una vida. Necesita hacerse de más; y donde ubica su mayor deseo es en la realidad. La mente intenta constantemente hacerse dueña de ella; ser capaz de intervenir en la realidad e intentar dominarla. Como la realidad está compuesta por el conjunto de las acciones de todas las mentes, lo que sucede es que la mente, la propia, pretende hacerse ama y señora de la realidad y así estar por sobre encima de sus pares. Hay que entender que este es un deseo absurdo y quimérico.  Sin embargo, la mente no se rinde y menos aun lo entiende así. Para ello hace uso de una serie de mecanismos que si bien son incapaces de modificar la realidad, consiguen distorsionar la propia percepción de ella. Es como si frente a nuestros ojos se posaran unos lentes con un aumento imperfecto. Ese lente no modifica aquello que se nos presenta, pero nuestra percepción resulta engañada por un mero juego óptico. La mente intercede de un modo analógico al del lente. Mediante falsas suposiciones tuerce lo que la realidad nos presenta como cierto. De este modo logra que uno reaccione ante estímulos que no son los correctos y así nuestra reacción consigue que la realidad tome un curso que no era el natural. Aquí surge la principal contradicción y sencillamente implica preguntarse ¿Qué es la realidad, entonces? Si todas las mentes actúan de esta manera, la consecuencia es una lectura defectuosa de los hechos que a diario se nos presentan, ya que nuestras mentes, en su ambición por conquistar la realidad, interceden y distorsionan la percepción. Si esto sucede masivamente, la distorsión se potencia, siendo como único e ineludible resultado el caos. Quizás esa sea la forma más sensata de definir a la realidad; un caos que en un mar de lentes equivocados encuentra momentos en el que los imperfectos aumentos se compensan y se manifiesta el equilibrio, el cual es extremadamente difícil de hallar y peligrosamente fácil de perder. Siguiendo con esta línea, obtendríamos que el equilibrio es entonces un efecto derivado del azar. Bien podría uno decir que la solución es escindir a la mente del cuerpo en el que reposa, y que de ese modo se deje fluir sin una razón que comande. El problema es que la mente y la realidad son dos elementos indisociables. Un cuerpo sin mente no puede siquiera tener percepción de la realidad; al menos de aquella que todos conocemos.  La otra alternativa seria tener control sobre la mente, pero al instante en el que se piensa eso  uno se zambulle en una contradicción cíclica que sencillamente no tiene final, ya que en definitiva no dejaría de ser un doble comando en el que la mente trata de combatirse a sí misma. Cuanto más se lo piensa, mas poder se le da a la mente. Cuanto más se vive, más protagonismo se le da a la realidad. Los dos siempre estarán asociados, es cuestión de ver cual bando es más cómodo para cada uno.”

“La mente todo lo quiere dominar.”

La mente todo lo quiere dominar. Es una monarquía absolutista con una insaciable ambición de poder. No se conforma con ser el capitán del cuerpo en el que reposa ni con ser la biblioteca de los recuerdos de toda una vida. Necesita hacerse de más; y donde ubica su mayor deseo es en la realidad. La mente intenta constantemente hacerse dueña de ella; ser capaz de intervenir en la realidad e intentar dominarla. Como la realidad está compuesta por el conjunto de las acciones de todas las mentes, lo que sucede es que la mente, la propia, pretende hacerse ama y señora de la realidad y así estar por sobre encima de sus pares. Hay que entender que este es un deseo absurdo y quimérico.  Sin embargo, la mente no se rinde y menos aun lo entiende así. Para ello hace uso de una serie de mecanismos que si bien son incapaces de modificar la realidad, consiguen distorsionar la propia percepción de ella. Es como si frente a nuestros ojos se posaran unos lentes con un aumento imperfecto. Ese lente no modifica aquello que se nos presenta, pero nuestra percepción resulta engañada por un mero juego óptico. La mente intercede de un modo analógico al del lente. Mediante falsas suposiciones tuerce lo que la realidad nos presenta como cierto. De este modo logra que uno reaccione ante estímulos que no son los correctos y así nuestra reacción consigue que la realidad tome un curso que no era el natural.

Aquí surge la principal contradicción y sencillamente implica preguntarse ¿Qué es la realidad, entonces? Si todas las mentes actúan de esta manera, la consecuencia es una lectura defectuosa de los hechos que a diario se nos presentan, ya que nuestras mentes, en su ambición por conquistar la realidad, interceden y distorsionan la percepción. Si esto sucede masivamente, la distorsión se potencia, siendo como único e ineludible resultado el caos. Quizás esa sea la forma más sensata de definir a la realidad; un caos que en un mar de lentes equivocados encuentra momentos en el que los imperfectos aumentos se compensan y se manifiesta el equilibrio, el cual es extremadamente difícil de hallar y peligrosamente fácil de perder. Siguiendo con esta línea, obtendríamos que el equilibrio es entonces un efecto derivado del azar.

Bien podría uno decir que la solución es escindir a la mente del cuerpo en el que reposa, y que de ese modo se deje fluir sin una razón que comande. El problema es que la mente y la realidad son dos elementos indisociables. Un cuerpo sin mente no puede siquiera tener percepción de la realidad; al menos de aquella que todos conocemos.  La otra alternativa seria tener control sobre la mente, pero al instante en el que se piensa eso  uno se zambulle en una contradicción cíclica que sencillamente no tiene final, ya que en definitiva no dejaría de ser un doble comando en el que la mente trata de combatirse a sí misma.

Cuanto más se lo piensa, mas poder se le da a la mente. Cuanto más se vive, más protagonismo se le da a la realidad. Los dos siempre estarán asociados, es cuestión de ver cual bando es más cómodo para cada uno.”

“Ella y su puñal.” Una marea de carcajadas burlonas golpeó fuertemente sobre él, tumbándolo con violencia. De pronto entraron en escena cientos y cientos de payasos, fuente de aquella risa burlona, y al unísono todos lo señalaron. Segundos antes de este hecho, él descubría que en su espalda había un puñal, prolija pero profundamente clavado, del cual hasta hace instantes no era consciente, por lo que era indemne al dolor.  Ese dolor primero fue seguido por las risas y la aparición de esos payasos que ponían en ridículo su realidad entera. La primera reacción de él fue utilizar el mismo puñal que retiro de su espalda para intentar matar a aquellos bufones malintencionados, hasta que pronto se dio cuenta que su empresa era inútil. Si bien eran ellos quienes materializaban una realidad ridiculizada, no eran más que marionetas cuyos hilos llevaban a una sola mano: la de ella. Ella fue quien con una sigilosa mano clavo primero el puñal y luego con la otra manejaba esos payasos que no dejaban de reír y señalarlo. El daño ya estaba hecho y la herida dejaría una cicatriz irreparable. La realidad de él se había transformado en un hazmerreir y aunque resultase una decisión compleja y dolorosa, solo existía un camino para que esos desalmados bufones dejaran de ridiculizarlo. Fue ahí cuando él volvió a tomar el puñal que quito de su espalda se estiro en un esfuerzo enorme y corto los hilos de las marionetas que unían su realidad con la mano de ella. Recién ahí las risas acallaron y él volvió a ser dueño de su bien más preciado, su propia existencia. 

“Ella y su puñal.”

Una marea de carcajadas burlonas golpeó fuertemente sobre él, tumbándolo con violencia. De pronto entraron en escena cientos y cientos de payasos, fuente de aquella risa burlona, y al unísono todos lo señalaron. Segundos antes de este hecho, él descubría que en su espalda había un puñal, prolija pero profundamente clavado, del cual hasta hace instantes no era consciente, por lo que era indemne al dolor.  Ese dolor primero fue seguido por las risas y la aparición de esos payasos que ponían en ridículo su realidad entera. La primera reacción de él fue utilizar el mismo puñal que retiro de su espalda para intentar matar a aquellos bufones malintencionados, hasta que pronto se dio cuenta que su empresa era inútil. Si bien eran ellos quienes materializaban una realidad ridiculizada, no eran más que marionetas cuyos hilos llevaban a una sola mano: la de ella. Ella fue quien con una sigilosa mano clavo primero el puñal y luego con la otra manejaba esos payasos que no dejaban de reír y señalarlo. El daño ya estaba hecho y la herida dejaría una cicatriz irreparable. La realidad de él se había transformado en un hazmerreir y aunque resultase una decisión compleja y dolorosa, solo existía un camino para que esos desalmados bufones dejaran de ridiculizarlo. Fue ahí cuando él volvió a tomar el puñal que quito de su espalda se estiro en un esfuerzo enorme y corto los hilos de las marionetas que unían su realidad con la mano de ella. Recién ahí las risas acallaron y él volvió a ser dueño de su bien más preciado, su propia existencia. 

“Él para armar.” Su zapatilla de lona blanca recorre la cornisa que separa la terraza con el estacionamiento del edificio contiguo. Los cordones están desatados y la puntera de goma esta gastada, por lo que ya no refleja el brillo del sol, que en cambio lo agobia a él. Olvido ponerse una gorra y ahora el sol hacia que el incomodo momento previo al salto se hiciera aun mas fastidioso. Este fastidio podía arruinar su plan; de pronto tenía una excusa para bajar de la cornisa y eso es justamente lo que él quería evitar. Una excusa que lo acobarde y en lugar de hacerlo dar un paso hacia el frente, se lo hiciera dar hacia atrás. Es ahí cuando se quita la remera y envuelve su cabeza casi a modo de turbante, para así acabar con el fastidio del sol y volver a su eje: la cornisa y el salto. Debía evitar caer sobre cualquiera de los automóviles, ya que estos podían amortiguar su caída y lo que debería ser un golpe seco y terminal se volvería una agonía lenta y dolorosa, incluso eterna. Él sabía que a las 14:58hs bajaba la mujer del aparcamiento H, retiraba su coche y no volvía hasta las 15:43, hora en la que terminaba su turno en el solárium. El sol marcaba las 15:00hs, por lo que el espacio de la mujer del solárium estaba vacío. Allí debía apuntar él y así lo hizo, solo que al saltar trastabillo con sus cordones desatados y el cálculo se desvió unos grados hacia la izquierda. Esto hizo que primero golpee con el capó del auto del aparcamiento G, para luego aterrizar en el rugoso cemento del espacio H. Miles de piezas de rompecabezas alfombraban el estacionamiento de la mujer del solárium. En eso se había convertido él ahora, en piezas desparramadas sin ningún tipo de orden ni sentido. Ninguna de las piezas se destacaba por sobre el resto y por si solas no valían ni significaban nada, pero esto cambiaria en cuanto ella se encontrara con la calamitosa imagen y tomase la decisión de rearmar el rompecabezas que él creía que iba a ser arrollado por el auto del estacionamiento H. Ella corría con la ventaja de conocerlo a él, por lo tanto el unir las piezas le resultaba mucho menos tedioso de lo que le habría implicado a cualquier otro mortal. Los bordes son el principio común, por el que todos conocemos y nos aproximamos a cualquier rompecabezas. Es quizás la capa más superficial de cada uno de nosotros, la evidente a los ojos, la de primera lectura, la que contiene el resto y complejo tramado de todo rompecabezas. Finalizado el marco, se empieza a separar por paleta de colores, que si bien requiere de un mayor trabajo, no implica un esfuerzo mayor ni una predisposición particular. Todo esto a ella le resultaba muy simple, ya que era un camino ya transitado y conocido. Poco a poco el rompecabezas de él se iba conformando y la lectura se hacía más clara, aunque incompleta. Son los matices el desafío a la hora de armar rompecabezas, las piezas siguen con las mismas irregularidades, pero las diferencias entre ellas se vuelven cada vez más imperceptibles. Aquí yace la identidad misma de cada rompecabezas, ya que el resto es un factor común de todos; ahora, los matices son propios y ahí es donde se pone a prueba el verdadero interés. Se supera la capa de lo superficial y se ahonda en un sinfín de intentos de entender las coincidencias y similitudes dentro de las diferentes formas de un mismo matiz que conforma la parte de un todo real y tangible. Ella se encontró con piezas de él que no conocía, que no había logrado apreciar y que al verlas en su conjunto tampoco sabía que existían. Al verlo desarmado entendía el funcionamiento y la lógica de esas piezas y de pronto su lectura para con él cambiaba radicalmente. No entendía porque no había notado esto antes. Probablemente él no permitió esa lectura, o quizás ella no se intereso tanto en acercarse y notar las uniones de las piezas que evidenciaban la lógica del armado. De uno u otro modo, ahora la lectura era otra, más completa, más elevada y entretanto el rompecabezas ya estaba casi completo, desactivando así el plan de él a la hora de saltar. Solo falta una pieza y ella no la encuentra. La ausencia hacia que el valor de la pieza aumentase geométricamente en función de la cantidad de piezas colocadas. Nada diferenciaba a aquella pieza del resto, pero ahora se había vuelto en la más importante y valiosa de todo el rompecabezas. Su valor agregado era justamente la ausencia que volvía incompleto todo el esfuerzo de ella y hacia exitoso todo el coraje de él; coraje en términos de cobardía, ya que debió tener valentía en tomar la decisión más cobarde dentro de todas las alternativas. Esto ello no lo sabía no lo entendía; no hasta levantar la vista y ver que la pieza que faltaba estaba allí, pendiendo del borde de la cornisa que separa la terraza del estacionamiento del edificio contiguo. Fue con esa pieza, por la que aun se dejaba ver el rugoso cemento que ahora estaba tapado por el casi completo rompecabezas de él, con la que ella entendió que era la cobardía lo que unía y completaba todo el tramado del que en su momento no se había interesado en entender y que ahora, al entenderlo, no quería saber más nada al respecto. La pieza faltante quedo allí, pendiendo sobre la imagen de él que en su incompleta inmensidad ya no podía esperar nada de nadie, en especial de ella.

“Él para armar.”

Su zapatilla de lona blanca recorre la cornisa que separa la terraza con el estacionamiento del edificio contiguo. Los cordones están desatados y la puntera de goma esta gastada, por lo que ya no refleja el brillo del sol, que en cambio lo agobia a él. Olvido ponerse una gorra y ahora el sol hacia que el incomodo momento previo al salto se hiciera aun mas fastidioso. Este fastidio podía arruinar su plan; de pronto tenía una excusa para bajar de la cornisa y eso es justamente lo que él quería evitar. Una excusa que lo acobarde y en lugar de hacerlo dar un paso hacia el frente, se lo hiciera dar hacia atrás. Es ahí cuando se quita la remera y envuelve su cabeza casi a modo de turbante, para así acabar con el fastidio del sol y volver a su eje: la cornisa y el salto. Debía evitar caer sobre cualquiera de los automóviles, ya que estos podían amortiguar su caída y lo que debería ser un golpe seco y terminal se volvería una agonía lenta y dolorosa, incluso eterna. Él sabía que a las 14:58hs bajaba la mujer del aparcamiento H, retiraba su coche y no volvía hasta las 15:43, hora en la que terminaba su turno en el solárium. El sol marcaba las 15:00hs, por lo que el espacio de la mujer del solárium estaba vacío. Allí debía apuntar él y así lo hizo, solo que al saltar trastabillo con sus cordones desatados y el cálculo se desvió unos grados hacia la izquierda. Esto hizo que primero golpee con el capó del auto del aparcamiento G, para luego aterrizar en el rugoso cemento del espacio H. Miles de piezas de rompecabezas alfombraban el estacionamiento de la mujer del solárium. En eso se había convertido él ahora, en piezas desparramadas sin ningún tipo de orden ni sentido. Ninguna de las piezas se destacaba por sobre el resto y por si solas no valían ni significaban nada, pero esto cambiaria en cuanto ella se encontrara con la calamitosa imagen y tomase la decisión de rearmar el rompecabezas que él creía que iba a ser arrollado por el auto del estacionamiento H. Ella corría con la ventaja de conocerlo a él, por lo tanto el unir las piezas le resultaba mucho menos tedioso de lo que le habría implicado a cualquier otro mortal. Los bordes son el principio común, por el que todos conocemos y nos aproximamos a cualquier rompecabezas. Es quizás la capa más superficial de cada uno de nosotros, la evidente a los ojos, la de primera lectura, la que contiene el resto y complejo tramado de todo rompecabezas. Finalizado el marco, se empieza a separar por paleta de colores, que si bien requiere de un mayor trabajo, no implica un esfuerzo mayor ni una predisposición particular. Todo esto a ella le resultaba muy simple, ya que era un camino ya transitado y conocido. Poco a poco el rompecabezas de él se iba conformando y la lectura se hacía más clara, aunque incompleta. Son los matices el desafío a la hora de armar rompecabezas, las piezas siguen con las mismas irregularidades, pero las diferencias entre ellas se vuelven cada vez más imperceptibles. Aquí yace la identidad misma de cada rompecabezas, ya que el resto es un factor común de todos; ahora, los matices son propios y ahí es donde se pone a prueba el verdadero interés. Se supera la capa de lo superficial y se ahonda en un sinfín de intentos de entender las coincidencias y similitudes dentro de las diferentes formas de un mismo matiz que conforma la parte de un todo real y tangible. Ella se encontró con piezas de él que no conocía, que no había logrado apreciar y que al verlas en su conjunto tampoco sabía que existían. Al verlo desarmado entendía el funcionamiento y la lógica de esas piezas y de pronto su lectura para con él cambiaba radicalmente. No entendía porque no había notado esto antes. Probablemente él no permitió esa lectura, o quizás ella no se intereso tanto en acercarse y notar las uniones de las piezas que evidenciaban la lógica del armado. De uno u otro modo, ahora la lectura era otra, más completa, más elevada y entretanto el rompecabezas ya estaba casi completo, desactivando así el plan de él a la hora de saltar. Solo falta una pieza y ella no la encuentra. La ausencia hacia que el valor de la pieza aumentase geométricamente en función de la cantidad de piezas colocadas. Nada diferenciaba a aquella pieza del resto, pero ahora se había vuelto en la más importante y valiosa de todo el rompecabezas. Su valor agregado era justamente la ausencia que volvía incompleto todo el esfuerzo de ella y hacia exitoso todo el coraje de él; coraje en términos de cobardía, ya que debió tener valentía en tomar la decisión más cobarde dentro de todas las alternativas. Esto ello no lo sabía no lo entendía; no hasta levantar la vista y ver que la pieza que faltaba estaba allí, pendiendo del borde de la cornisa que separa la terraza del estacionamiento del edificio contiguo. Fue con esa pieza, por la que aun se dejaba ver el rugoso cemento que ahora estaba tapado por el casi completo rompecabezas de él, con la que ella entendió que era la cobardía lo que unía y completaba todo el tramado del que en su momento no se había interesado en entender y que ahora, al entenderlo, no quería saber más nada al respecto. La pieza faltante quedo allí, pendiendo sobre la imagen de él que en su incompleta inmensidad ya no podía esperar nada de nadie, en especial de ella.

“La tendría que haber besado.” -La tendría que haber besado. – piensa él mientras revive esa noche de otoño tan amable que compartió con ella. Es que ahora no puede quitarse la imagen y la sonrisa de ella de su cabeza, pero a la vez todo se contamina con la incertidumbre. -¿Cómo me ve ella a mi? ¿Cómo un amigo o como algo mas? – se sigue preguntando mientras trata de leer lo que entiende que pueden llegar a haber sido señales. La pregunta es: ¿señales de que? Por alguna razón, para él en lo no dicho se dicen las afirmaciones mas interesantes y profundas del hombre. Puede que sea inseguridad, puede que sea inclinación al misterio. Lo real es que después de todas las excusas que él pueda encontrar, al final de la noche sencillamente no se atrevió a besarla. Y en ese temor se siembra la incertidumbre del dia después. Hay un interés evidente, o al menos es lo que él cree haber demostrado. Pero lo mismo que en este momento lo agobia bien puede estar sucediéndole de igual modo a ella. Dicen que los besos no se piden, que los besos se dan. La responsabilidad del acto suele caer sobre el hombre, por lo que la iniciativa debería de haber salido de él. Por lo tanto, ella puede estar preguntándose: ¿Por qué no me beso? O quizás no se pregunta nada, y se alegra de haber pasado una noche agradable en compañía amistosa. - ¿Acaso me mostre solo amistoso? ¿Cómo se si se dio cuenta que me gusta? – De nuevo, la conclusión de él es que la debería haber besado. Si se lo lleva a aun plano racional, hay solo dos alternativas posibles ante un beso. Se lo acepta o se lo rechaza. Ambos caminos son finalmente positivos, claro esta que uno mas que el otro. Pero incluso el rechazo es mejor que la incertidumbre. Siempre y cuando uno no disfrute del sabor de la ilusión. Él es de aquellos que gusta de ese ingrediente y quizás por eso es que prefirió dilatar el momento que para bien o para mal ya debería haber sucedido. Un beso implica la rendición. Lo expone a uno a la vergüenza de no ser elegido. Tambien lo expone a uno a la dicha de ser elegido.  Cualquiera de las dos alternativas es un avance que permite abrir una perspectiva. Él, en cambio, eligio la quietud. Se paralizo frente a las dos puertas y trata de espiar por las cerraduras para ver cual de las dos es la que esta abierta. O, mejor dicho, para ver si la que lo conduce al beso se encuentra abierta. Todo intento de asomo, por meticuloso que sea, esta destinado al fracaso, ya que siempre existe el lugar para la duda; excepto cuando se posa la mano sobre el picaporte y sin preguntar se zampa un beso sobre los labios de ella.

“La tendría que haber besado.”

-La tendría que haber besado. – piensa él mientras revive esa noche de otoño tan amable que compartió con ella. Es que ahora no puede quitarse la imagen y la sonrisa de ella de su cabeza, pero a la vez todo se contamina con la incertidumbre.

-¿Cómo me ve ella a mi? ¿Cómo un amigo o como algo mas? – se sigue preguntando mientras trata de leer lo que entiende que pueden llegar a haber sido señales. La pregunta es: ¿señales de que? Por alguna razón, para él en lo no dicho se dicen las afirmaciones mas interesantes y profundas del hombre. Puede que sea inseguridad, puede que sea inclinación al misterio. Lo real es que después de todas las excusas que él pueda encontrar, al final de la noche sencillamente no se atrevió a besarla. Y en ese temor se siembra la incertidumbre del dia después. Hay un interés evidente, o al menos es lo que él cree haber demostrado. Pero lo mismo que en este momento lo agobia bien puede estar sucediéndole de igual modo a ella. Dicen que los besos no se piden, que los besos se dan. La responsabilidad del acto suele caer sobre el hombre, por lo que la iniciativa debería de haber salido de él. Por lo tanto, ella puede estar preguntándose: ¿Por qué no me beso? O quizás no se pregunta nada, y se alegra de haber pasado una noche agradable en compañía amistosa.

- ¿Acaso me mostre solo amistoso? ¿Cómo se si se dio cuenta que me gusta? – De nuevo, la conclusión de él es que la debería haber besado. Si se lo lleva a aun plano racional, hay solo dos alternativas posibles ante un beso. Se lo acepta o se lo rechaza. Ambos caminos son finalmente positivos, claro esta que uno mas que el otro. Pero incluso el rechazo es mejor que la incertidumbre. Siempre y cuando uno no disfrute del sabor de la ilusión. Él es de aquellos que gusta de ese ingrediente y quizás por eso es que prefirió dilatar el momento que para bien o para mal ya debería haber sucedido.

Un beso implica la rendición. Lo expone a uno a la vergüenza de no ser elegido. Tambien lo expone a uno a la dicha de ser elegido.  Cualquiera de las dos alternativas es un avance que permite abrir una perspectiva. Él, en cambio, eligio la quietud. Se paralizo frente a las dos puertas y trata de espiar por las cerraduras para ver cual de las dos es la que esta abierta. O, mejor dicho, para ver si la que lo conduce al beso se encuentra abierta. Todo intento de asomo, por meticuloso que sea, esta destinado al fracaso, ya que siempre existe el lugar para la duda; excepto cuando se posa la mano sobre el picaporte y sin preguntar se zampa un beso sobre los labios de ella.

“La conciencia del gato.” Él entendía que su gato era un gato. Antes de eso entendió que era un no él. En cambio su gato no tenía la más minima noción de su especie. No era conciente de su condición de gato. Esto se hizo evidente en cuanto su gato, luego de seis años de cautiverio en el departamento de él, se encontró con otro representante de su género. El gato vio a su par como un no él. Sucede que el gato se reconocía como un él más, mas pequeño, mas peludo y sobretodo mas gris, pero nunca se vio como gato. Su par, en cambio, reconocía sus raíces felinas y a base de maullidos comenzó a interactuar con el gato. Este se atemorizo ante ese desconocido sonido; horrorizado maulló y se refugio. Si, maulló; por primera vez en su vida emitió el único sonido que era capaz de producir y recién ahí el gato tuvo conciencia de gato, comenzando así una profunda crisis de identidad. Se encontró a si mismo maullando, hecho que no había experimentado en los seis años previos. Ya no era un él, pero tampoco era un gato. Sabía lo que no era, pero desconocía lo que era. La mitad de su vida creyendo algo que resulto ser falso y todo por culpa de aparición de aquel gato que con su estridente sonido negó la mismísima existencia del gato que no era gato. Él volvió esa tarde, como todas las tardes, y fue recibido por un maullido. Le resulto curioso, pero solo eso. Le habría resultado extraño escuchar un ladrido, pero un maullido, aunque inédito, no dejaba de ser algo natural dentro de las acciones propias de un gato. El gato fue tratado del mismo modo que lo venia siendo hasta entonces, por lo que el pobre animal sentía que el cambio solo sucedía internamente, pero que no modificaba en lo mas mínimo su entorno. Debió aceptar que siempre fue un no él, solo que nadie antes se lo había hecho saber. Un gran engaño del que todos eran cómplices, todos menos su par, que con solo maullar pudo decir que en lo desconocido es donde uno, así sea un gato, se encuentra con sigo mismo. 

“La conciencia del gato.”

Él entendía que su gato era un gato. Antes de eso entendió que era un no él. En cambio su gato no tenía la más minima noción de su especie. No era conciente de su condición de gato. Esto se hizo evidente en cuanto su gato, luego de seis años de cautiverio en el departamento de él, se encontró con otro representante de su género. El gato vio a su par como un no él. Sucede que el gato se reconocía como un él más, mas pequeño, mas peludo y sobretodo mas gris, pero nunca se vio como gato. Su par, en cambio, reconocía sus raíces felinas y a base de maullidos comenzó a interactuar con el gato. Este se atemorizo ante ese desconocido sonido; horrorizado maulló y se refugio. Si, maulló; por primera vez en su vida emitió el único sonido que era capaz de producir y recién ahí el gato tuvo conciencia de gato, comenzando así una profunda crisis de identidad.

Se encontró a si mismo maullando, hecho que no había experimentado en los seis años previos. Ya no era un él, pero tampoco era un gato. Sabía lo que no era, pero desconocía lo que era. La mitad de su vida creyendo algo que resulto ser falso y todo por culpa de aparición de aquel gato que con su estridente sonido negó la mismísima existencia del gato que no era gato. Él volvió esa tarde, como todas las tardes, y fue recibido por un maullido. Le resulto curioso, pero solo eso. Le habría resultado extraño escuchar un ladrido, pero un maullido, aunque inédito, no dejaba de ser algo natural dentro de las acciones propias de un gato. El gato fue tratado del mismo modo que lo venia siendo hasta entonces, por lo que el pobre animal sentía que el cambio solo sucedía internamente, pero que no modificaba en lo mas mínimo su entorno. Debió aceptar que siempre fue un no él, solo que nadie antes se lo había hecho saber. Un gran engaño del que todos eran cómplices, todos menos su par, que con solo maullar pudo decir que en lo desconocido es donde uno, así sea un gato, se encuentra con sigo mismo. 

“Cuento de cumpleaños.” Y por un segundo, un mero instante, un fugaz parpadeo, el balón de felpa se quedo quieto en el filo posterior del escalón número trescientos sesenta y cinco cuya arista hace juego con el escalón cero de esta escalera de Escher, que en un circuito cíclico pareciera no terminar nunca. El balón de felpa está por comenzar su propio ciclo nuevamente; dispuesto a rebotar de peldaño en peldaño, aceptando que no todos suben y muchos, mas de los esperados, bajan. Hay solo una regla para el balón: solo se avanza de un escalón a la vez. Intentar romper con esta regla puede llegar a quebrar abruptamente la escalera de Escher, poniéndole fin a los saltos y rebotes de esta esfera cubierta de felpa. El balón, antes de pasar al escalón cero, se mira a sí mismo y entiende que sin importar las subidas y bajadas, a fin de cuentas lo substancial es que el borde posterior que hace arista con el escalón cero se encuentre más arriba que el canto anterior del escalón primero de aquel ciclo a punto de concluir. De ser así, el camino fue valeroso y una vez transitado el peldaño cero estará todo dispuesto para volver con los rebotes que dentro de trescientos sesenta y cinco saltos lo encontrara de nuevo en esa misma arista que hace juego con el principio y el final, deteniéndose entonces por ese fugaz instante en el que mira para atrás, vuelve y toma impulso para seguir hacia delante con sus rebotes.

“Cuento de cumpleaños.”

Y por un segundo, un mero instante, un fugaz parpadeo, el balón de felpa se quedo quieto en el filo posterior del escalón número trescientos sesenta y cinco cuya arista hace juego con el escalón cero de esta escalera de Escher, que en un circuito cíclico pareciera no terminar nunca.

El balón de felpa está por comenzar su propio ciclo nuevamente; dispuesto a rebotar de peldaño en peldaño, aceptando que no todos suben y muchos, mas de los esperados, bajan. Hay solo una regla para el balón: solo se avanza de un escalón a la vez. Intentar romper con esta regla puede llegar a quebrar abruptamente la escalera de Escher, poniéndole fin a los saltos y rebotes de esta esfera cubierta de felpa.

El balón, antes de pasar al escalón cero, se mira a sí mismo y entiende que sin importar las subidas y bajadas, a fin de cuentas lo substancial es que el borde posterior que hace arista con el escalón cero se encuentre más arriba que el canto anterior del escalón primero de aquel ciclo a punto de concluir. De ser así, el camino fue valeroso y una vez transitado el peldaño cero estará todo dispuesto para volver con los rebotes que dentro de trescientos sesenta y cinco saltos lo encontrara de nuevo en esa misma arista que hace juego con el principio y el final, deteniéndose entonces por ese fugaz instante en el que mira para atrás, vuelve y toma impulso para seguir hacia delante con sus rebotes.

“Él piensa, ella piensa.” El piensa, espero que la luz del boliche no me haya engañado. Ella piensa, ¿para qué lo estoy yendo a ver, si lo conocí en un boliche? Él espera en la puerta del edificio haciéndose el distraído, mientras ella camina desde el fondo del palier fingiendo no encontrar las llaves en su cartera para no tener que mirarlo en su caminata hasta la puerta. El piensa, esta mejor de lo que esperaba… ¿la saludo con un beso en la mejilla o con un pico? Ella piensa, yo pongo el cachete, sino va a pensar que soy una regalada. Ella introduce la llave en la cerradura. El traga saliva y sonríe de medio lado. La puerta se abre.  El piensa, ya le di un beso en el boliche, va a pensar que no me interesa si no la saludo en la boca. Ella piensa, ¿es gel lo que tiene en el pelo? Él intenta dirigirse hacia los labios de ella, pero ella gira su cabeza unos 38 grados hacia la izquierda, mientras compensa con una simpática sonrisa. El corrige el curso de su boca y torpemente la saluda con la mejilla y una caricia de tres segundos en su hombro derecho. Ella piensa, ¿qué me acaricia el hombro? El piensa, me corrió la boca, ni se para que traje los forros. Las mejillas de ambos se separan. Hay un segundo de silencio. Él alaba el palier del edificio y destaca su amplitud. Ella asiente falsamente, fingiendo interés por el comentario. Él comenta que vino con el auto. Ella piensa, bueno, tiene auto,  por lo menos no me hace subir a un bondi con estos tacos. Ella se dispone a prender un cigarrillo mientras él abre la puerta del coche. Le aclara que el auto es de la madre y que no le deja que fumen adentro. Ella apaga de mala gana el cigarrillo y piensa, ¿era necesario que me aclare que era de la madre el auto? Él propone ir a cenar a un lugar que le va a encantar, pero ella ya ceno y prefiere ir a tomar algo. Él piensa, ¿a las nueve de la noche ya ceno? No solo no cojo, sino que encima me voy a morir del hambre. Ella propone un lugar para ir, que según una amiga que se lo recomendó es tranquilo. Él acepta y conduce seguro hacia destino. Ella lo mira conducir y le gusta como lo hace; piensa, no maneja nada mal, y tiene lindas manos. Él nota que ella lo está mirando, le sonríe cómplice y vuelve su mirada al frente. Ella pregunta si hay música para poner, él le señala la guantera. Se pone a ver los discos que hay en el estuche. Él piensa, espero no haber dejado el compilado que me hizo mi ex. Ella piensa, gracias a dios que no son compilados de electrónica y reagetton. Ella elige un CD y lo pone en el equipo.  El sigue manejando. Pone tercera, engancha la onda verde de avenida del libertador, y mueve su mano derecha que posaba sobre la palanca de cambios para reposarla sobre la rodilla izquierda de ella, quien se sorprende con el tacto e instintivamente endurece su muslo por un instante. El percibe esa reacción y vuelve la mano sobre la palanca, sin siquiera mirarla. Ella piensa, que boluda! Me gustó que me apoyara la mano. El piensa, que pendeja conchuda, espero que el bar que le recomendó la forra de la amiga no sea caro. Llegan al bar. Se sientan en una mesa con una luz tenue y una pequeña vela encendida. Ella vuelve a sacar sus cigarrillos de la cartera. Busca fuego, pero lo olvido en el auto. Se pone fastidiosa. Él, sin más, le acerca la vela para que encienda el cigarro. Ella piensa, que divertido prender un cigarrillo así. Él se queda mirándola a los ojos. Ella le mantiene la mirada. En la distracción, él inclina por demás el pocillo que contenía la vela, y le vierte la cera caliente sobre la calza floreada. Ella se quema, pero contiene el dolor para que el momento no sea más incomodo de lo que ya es. Pronto la cera se seca y se endurece. Él no sabe como disculparse, pero ella le quita importancia al asunto. Él piensa, esto me pasa por hacer cosas que veo en las películas. Ella piensa, me arruino la calza; ¿ahora qué le digo a Sole? El mozo les acerca la carta de tragos y bebidas. Entre ambos empiezan a mirar los tragos. Él piensa, me re tomaría un daiquiri, pero es muy de trolo. Ella piensa, odio los tragos, quisiera tomar cerveza. A él se le ocurre compartir una cerveza, como para empezar. Ella sonríe y le encanta la idea. Llega la cerveza. Él le sirve primero a ella y acierta al no dejar espuma. Luego se sirve en su vaso y también lo hace sin que quede espuma, aunque el generalmente prefiere tomarla con espuma. Hacen un brindis mirándose a los ojos y toman el primer sorbo.  Ella piensa, tiene linda sonrisa y me gusta que se afeite. Él piensa, es verdad que es un toque caderona, pero tiene muy buenas gomas. Comienzan a hablar de los temas recurrentes; sus actividades, sus trabajos, algún que otro interés para nada original y ambos se aseguran de mencionar, al pasar, a sus exs, dejando así en claro que actualmente no están en pareja. La charla no es la más interesante que han tenido en sus vidas, pero no está nada mal para un primer encuentro después de unos besos fugaces en un boliche. De pronto el pie derecho de ella roza tímidamente sobre la pantorrilla derecha de él. Rápidamente ella retira el pie. El piensa, ¿me quiso tirar onda o me toco sin querer? Ella piensa, ¿eso fue la cerveza o le estoy tirando onda?  Ella toma la botella de cerveza, como para volver a servirse, pero él aprovecha la situación, apoya su mano sobre la de ella y la frena. Insiste en que le corresponde a él servir. Ella piensa, lo hace solo porque es la primera cita, pero igual me gusta. El, ni lerdo ni perezoso, hace algún comentario sobre la suavidad de las manos de ella y en ese envión, vuelve a tomárselas. A ella le gusta y vuelve a reafirmar para sí misma que él tiene muy lindas manos. Él piensa, ¿Qué hago ahora? No me puedo quedar acariciándole las manos. Vuelve a insistir con que la piel es muy suave. Ella piensa, por dios que no me pregunte que crema uso. El no hace ningún comentario sobre ningún tipo de crema. Apoya palma con palma, para comparar el tamaño de las dos manos. Él piensa, ahora aprovecho, entrelazo los dedos y la acerco un poquito. Ella piensa, ¿por qué los hombres hacen esta pelotudez de comparar el tamaño de las manos?  Él, tras comparar el tamaño de las manos, y llegar a la obvia conclusión de que ella las tiene mas pequeñas que las suyas, entrelaza los dedos y cuando tenía que acerarla como para intentar besarla, se acobarda y se queda sosteniéndole la mano. Ella piensa, quizás espera que yo le dé un beso, porque en la puerta le corrí la cara. Él piensa, si me hubiera saludado con un pico, todo sería más fácil ahora. Como a él esta situación lo incomoda, empieza a hablar sin parar, uniendo temas absolutamente dispares. Ella piensa, cállate y dame un beso. Él piensa, si le suelto la mano, ya esta, perdí; necesito que me dé una señal. Ella piensa, le estoy dejando que me agarre de la mano hace diez minutos; ¿Qué necesita, un cartel de neón que diga “comeme la boca”? Ella decide meter su otra mano en la cartera y sacar un lápiz labial de crema de cacao. Se lo pasa por los labios mientras lo escucha hablar. Él piensa, listo si se pone eso es que no quiere un beso. Ella piensa, espero que con esto se dé cuenta que quiero un beso. El lápiz de labio no surge efecto y él sigue hablando sin parar. Ella decide acomodarse sutilmente y en el movimiento acercarse un poco más a él. Ella piensa, si con esto no se da cuenta que quiero un beso, este pibe no entiende nada; ah, y si, lo del pelo es gel. Él piensa, se acercó, eso tiene que significar algo, ya fue, mando la otra mano al pelo. Él comienza a acariciarle el pelo a la altura de la oreja, recogiendo así un mechón detrás de la oreja y repitiendo el movimiento una y otra vez. La mira y sonríe tímidamente; ya no dice nada. Ella mantiene la mirada y sonríe. Él piensa, ¿le doy un beso o no? Ella piensa, por favor que me dé un beso, así deja de hacerme eso en la oreja que me pone nerviosa. Él piensa, me llega a rechazar el beso acá y me van a ver todos, yo me muero.  Ella piensa, no quiero darle el beso yo, me van a ver y se van a pensar que estoy desesperada. Él piensa, voy a probar acercarme un poco, si no recula le doy un beso. Él se acerca un poco. Ella se mantiene firme como un roble, con la mirada fija sobre los labios de él. Finalmente él le da un beso. Ella piensa, que no sea desubicado y no trate de meter lengua… estamos en un bar. Él piensa, si mando lengua me voy a calentar y no sé si me la voy a poder coger esta noche. El beso finaliza y ambos quedan conformes. Se miran y sonríen. Toda la tensión que había en esa mesa se disipa instantáneamente. En eso ella pregunta, ¿vamos a tu casa o a la mía? Él sonríe y entiende que hay un dios. 

“Él piensa, ella piensa.”

El piensa, espero que la luz del boliche no me haya engañado. Ella piensa, ¿para qué lo estoy yendo a ver, si lo conocí en un boliche? Él espera en la puerta del edificio haciéndose el distraído, mientras ella camina desde el fondo del palier fingiendo no encontrar las llaves en su cartera para no tener que mirarlo en su caminata hasta la puerta. El piensa, esta mejor de lo que esperaba… ¿la saludo con un beso en la mejilla o con un pico? Ella piensa, yo pongo el cachete, sino va a pensar que soy una regalada. Ella introduce la llave en la cerradura. El traga saliva y sonríe de medio lado. La puerta se abre.  El piensa, ya le di un beso en el boliche, va a pensar que no me interesa si no la saludo en la boca. Ella piensa, ¿es gel lo que tiene en el pelo? Él intenta dirigirse hacia los labios de ella, pero ella gira su cabeza unos 38 grados hacia la izquierda, mientras compensa con una simpática sonrisa. El corrige el curso de su boca y torpemente la saluda con la mejilla y una caricia de tres segundos en su hombro derecho. Ella piensa, ¿qué me acaricia el hombro? El piensa, me corrió la boca, ni se para que traje los forros. Las mejillas de ambos se separan. Hay un segundo de silencio. Él alaba el palier del edificio y destaca su amplitud. Ella asiente falsamente, fingiendo interés por el comentario. Él comenta que vino con el auto. Ella piensa, bueno, tiene auto,  por lo menos no me hace subir a un bondi con estos tacos. Ella se dispone a prender un cigarrillo mientras él abre la puerta del coche. Le aclara que el auto es de la madre y que no le deja que fumen adentro. Ella apaga de mala gana el cigarrillo y piensa, ¿era necesario que me aclare que era de la madre el auto? Él propone ir a cenar a un lugar que le va a encantar, pero ella ya ceno y prefiere ir a tomar algo. Él piensa, ¿a las nueve de la noche ya ceno? No solo no cojo, sino que encima me voy a morir del hambre. Ella propone un lugar para ir, que según una amiga que se lo recomendó es tranquilo. Él acepta y conduce seguro hacia destino. Ella lo mira conducir y le gusta como lo hace; piensa, no maneja nada mal, y tiene lindas manos. Él nota que ella lo está mirando, le sonríe cómplice y vuelve su mirada al frente. Ella pregunta si hay música para poner, él le señala la guantera. Se pone a ver los discos que hay en el estuche. Él piensa, espero no haber dejado el compilado que me hizo mi ex. Ella piensa, gracias a dios que no son compilados de electrónica y reagetton. Ella elige un CD y lo pone en el equipo.  El sigue manejando. Pone tercera, engancha la onda verde de avenida del libertador, y mueve su mano derecha que posaba sobre la palanca de cambios para reposarla sobre la rodilla izquierda de ella, quien se sorprende con el tacto e instintivamente endurece su muslo por un instante. El percibe esa reacción y vuelve la mano sobre la palanca, sin siquiera mirarla. Ella piensa, que boluda! Me gustó que me apoyara la mano. El piensa, que pendeja conchuda, espero que el bar que le recomendó la forra de la amiga no sea caro.

Llegan al bar. Se sientan en una mesa con una luz tenue y una pequeña vela encendida. Ella vuelve a sacar sus cigarrillos de la cartera. Busca fuego, pero lo olvido en el auto. Se pone fastidiosa. Él, sin más, le acerca la vela para que encienda el cigarro. Ella piensa, que divertido prender un cigarrillo así. Él se queda mirándola a los ojos. Ella le mantiene la mirada. En la distracción, él inclina por demás el pocillo que contenía la vela, y le vierte la cera caliente sobre la calza floreada. Ella se quema, pero contiene el dolor para que el momento no sea más incomodo de lo que ya es. Pronto la cera se seca y se endurece. Él no sabe como disculparse, pero ella le quita importancia al asunto. Él piensa, esto me pasa por hacer cosas que veo en las películas. Ella piensa, me arruino la calza; ¿ahora qué le digo a Sole? El mozo les acerca la carta de tragos y bebidas. Entre ambos empiezan a mirar los tragos. Él piensa, me re tomaría un daiquiri, pero es muy de trolo. Ella piensa, odio los tragos, quisiera tomar cerveza. A él se le ocurre compartir una cerveza, como para empezar. Ella sonríe y le encanta la idea.

Llega la cerveza. Él le sirve primero a ella y acierta al no dejar espuma. Luego se sirve en su vaso y también lo hace sin que quede espuma, aunque el generalmente prefiere tomarla con espuma. Hacen un brindis mirándose a los ojos y toman el primer sorbo.  Ella piensa, tiene linda sonrisa y me gusta que se afeite. Él piensa, es verdad que es un toque caderona, pero tiene muy buenas gomas. Comienzan a hablar de los temas recurrentes; sus actividades, sus trabajos, algún que otro interés para nada original y ambos se aseguran de mencionar, al pasar, a sus exs, dejando así en claro que actualmente no están en pareja. La charla no es la más interesante que han tenido en sus vidas, pero no está nada mal para un primer encuentro después de unos besos fugaces en un boliche. De pronto el pie derecho de ella roza tímidamente sobre la pantorrilla derecha de él. Rápidamente ella retira el pie. El piensa, ¿me quiso tirar onda o me toco sin querer? Ella piensa, ¿eso fue la cerveza o le estoy tirando onda?  Ella toma la botella de cerveza, como para volver a servirse, pero él aprovecha la situación, apoya su mano sobre la de ella y la frena. Insiste en que le corresponde a él servir. Ella piensa, lo hace solo porque es la primera cita, pero igual me gusta. El, ni lerdo ni perezoso, hace algún comentario sobre la suavidad de las manos de ella y en ese envión, vuelve a tomárselas. A ella le gusta y vuelve a reafirmar para sí misma que él tiene muy lindas manos. Él piensa, ¿Qué hago ahora? No me puedo quedar acariciándole las manos. Vuelve a insistir con que la piel es muy suave. Ella piensa, por dios que no me pregunte que crema uso. El no hace ningún comentario sobre ningún tipo de crema. Apoya palma con palma, para comparar el tamaño de las dos manos. Él piensa, ahora aprovecho, entrelazo los dedos y la acerco un poquito. Ella piensa, ¿por qué los hombres hacen esta pelotudez de comparar el tamaño de las manos?  Él, tras comparar el tamaño de las manos, y llegar a la obvia conclusión de que ella las tiene mas pequeñas que las suyas, entrelaza los dedos y cuando tenía que acerarla como para intentar besarla, se acobarda y se queda sosteniéndole la mano. Ella piensa, quizás espera que yo le dé un beso, porque en la puerta le corrí la cara. Él piensa, si me hubiera saludado con un pico, todo sería más fácil ahora. Como a él esta situación lo incomoda, empieza a hablar sin parar, uniendo temas absolutamente dispares. Ella piensa, cállate y dame un beso. Él piensa, si le suelto la mano, ya esta, perdí; necesito que me dé una señal. Ella piensa, le estoy dejando que me agarre de la mano hace diez minutos; ¿Qué necesita, un cartel de neón que diga “comeme la boca”? Ella decide meter su otra mano en la cartera y sacar un lápiz labial de crema de cacao. Se lo pasa por los labios mientras lo escucha hablar. Él piensa, listo si se pone eso es que no quiere un beso. Ella piensa, espero que con esto se dé cuenta que quiero un beso. El lápiz de labio no surge efecto y él sigue hablando sin parar. Ella decide acomodarse sutilmente y en el movimiento acercarse un poco más a él. Ella piensa, si con esto no se da cuenta que quiero un beso, este pibe no entiende nada; ah, y si, lo del pelo es gel. Él piensa, se acercó, eso tiene que significar algo, ya fue, mando la otra mano al pelo. Él comienza a acariciarle el pelo a la altura de la oreja, recogiendo así un mechón detrás de la oreja y repitiendo el movimiento una y otra vez. La mira y sonríe tímidamente; ya no dice nada. Ella mantiene la mirada y sonríe. Él piensa, ¿le doy un beso o no? Ella piensa, por favor que me dé un beso, así deja de hacerme eso en la oreja que me pone nerviosa. Él piensa, me llega a rechazar el beso acá y me van a ver todos, yo me muero.  Ella piensa, no quiero darle el beso yo, me van a ver y se van a pensar que estoy desesperada. Él piensa, voy a probar acercarme un poco, si no recula le doy un beso. Él se acerca un poco. Ella se mantiene firme como un roble, con la mirada fija sobre los labios de él. Finalmente él le da un beso. Ella piensa, que no sea desubicado y no trate de meter lengua… estamos en un bar. Él piensa, si mando lengua me voy a calentar y no sé si me la voy a poder coger esta noche. El beso finaliza y ambos quedan conformes. Se miran y sonríen. Toda la tensión que había en esa mesa se disipa instantáneamente. En eso ella pregunta, ¿vamos a tu casa o a la mía? Él sonríe y entiende que hay un dios.